
Salió al patio y caminó hacia el tanque de agua. Hundió las manos en el fregadero, humedeció el jabón, se frotó. El aire estaba fresco y el agua estaba más fresca aún, pero fingió que no lo notaba hasta que se hubo aseado. Supo que esa frescura no era nada en comparación con lo que vendría a continuación. Se puso bajo la ducha y tendió la mano hacia el cordel. Titubeó, preparándose para el inminente suplicio.
—Oh, tira de una vez —dijo Issib.
Nafai miró hacia la habitación de Issib, quien flotaba en el aire a poca distancia.
—Para ti es fácil decirlo —respondió Nafai.
Issib, siendo tullido, no podía usar la ducha; sus flotadores no debían mojarse. Así que un criado le sacaba los flotadores y lo bañaba todas las noches.
—Eres un flojo para el agua fría —dijo Issib.
—Recuérdame que te eche hielo por la espalda durante la cena.
—Ya que me has despertado con tus temblores y farfulleos…
—No he hecho el menor ruido.
—He decidido acompañarte a la ciudad.
—Bien, bien. Perfecto —dijo Nafai.
—¿Piensas dejar que se seque el jabón? Dará a tu cutis una blancura maravillosa, pero al cabo de unas horas empezará a picarte.
Nafai tiró del cordel.
El agua helada se precipitó desde el tanque. Nafai jadeó espasmódicamente, se agachó, dio media vuelta y giró arrojándose agua en cada recoveco del cuerpo para enjuagarse el jabón. Tenía sólo treinta segundos para limpiarse hasta que cesara la ducha, y si no terminaba en ese tiempo tendría que aguantar el jabón durante todo el día —y la comezón era espantosa, como mil mordeduras de pulga— o aguardar un par de minutos, congelándose el trasero, mientras el tanque grande llenaba el tanque de la ducha. Ninguna de ambas perspectivas resultaba atractiva, así que había aprendido a quedar limpio antes de que se cortara el agua.
