
Lo peor era saber que Luet no le tenía afecto, quizá porque el Alma Suprema le había revelado sus secretos. Sus pensamientos más íntimos expuestos ante ese monstruito antipático. ¿Qué más? ¿La próxima visión de Padre sería acerca de las fantasías de Nafai con Eiadh? Peor aún, ¿Madre las vería?
En la playa había podido correr hacia la costa. ¿Adonde correría para librarse del Alma Suprema?
Imposible. No había lugar donde ocultarse. ¿Cómo disfrazar los pensamientos para que ni siquiera tú supieras lo que pensabas?
La única opción era tratar de averiguar qué era el Alma Suprema, tratar de comprender qué quería, qué pretendía hacerle a él y su familia. Tenía que comprender al Alma Suprema y, a ser posible, conseguir que lo dejara en paz.
4. MÁSCARAS
No tenía sentido regresar a casa de Madre a horas tan tardías. Explicarse le llevaría el escaso tiempo que quedaba de escuela. Y para excusarse podía esperar hasta el día siguiente.
O quizá no regresara nunca. No era mala idea. A fin de cuentas, Mebbekew no iba a la escuela. En realidad no hacía nada, ni siquiera regresaba a casa si no le venía en gana.
¿Cuándo había empezado eso? ¿Ya lo hacía a los catorce años? En cualquier caso Nafai podía comenzar ahora. ¿Quién iba a detenerle? Era alto como un hombre y ya tenía edad para un oficio de hombre. Aunque no el oficio de Padre, nunca la venta de plantas. Si practicabas ese oficio durante mucho tiempo, terminabas viendo visiones en la oscuridad junto a los caminos del desierto.
Pero había otros oficios. Quizá Nafai pudiera ser aprendiz de un artista. Un poeta o un cantante. La voz de Nafai era joven, pero sabía seguir una melodía y con el ejercicio quizá resultara buena. O quizá fuera bailarín o actor, a pesar de la broma que Madre había hecho esa mañana. Para esas artes no se necesitaba ir a la escuela. Si iba a seguir esa actividad, quedarse con Madre era una pérdida de tiempo.
