
La idea lo absorbió toda la tarde y primero lo llevó hacia el sur, al Mercado Interior, donde habría canciones y poemas, quizás un nuevo myachik para comprar y escuchar en casa. Desde luego, si dejaba de asistir a la escuela, Madre le cortaría su asignación para myachiks. Pero como aprendiz quizá ganara algún dinero. ¿Y qué importaba si no era así? El mismo estaría creando arte. Pronto ya no querría grabaciones artísticas en pequeñas bolas de cristal.
Cuando llegó al Mercado Interior, se había persuadido de que no debía interesarse en las grabaciones, ahora que iba a hacer carrera como artista. Enfiló hacia el este, por los barrios llamados Corrales, Jardines y Olivar, unas callejas estrechas con casas que se apiñaban entre la muralla de la ciudad y el borde del valle adonde los hombres no podían ir. Por último llegó al lugar más angosto, un callejón con una alta muralla blanca detrás de las casas, de modo que un hombre de pie en la muralla roja de la ciudad no podía ver el valle. Había ido allí pocas veces y nunca solo.
Nunca solo, porque Villa de las Muñecas era un sitio para gozar de la compañía y la camaradería, para sentarse en medio de un público apiñado y mirar danzas y representaciones, o escuchar poemas y conciertos. Pero ahora Nafai llegaba a Villa de las Muñecas como artista, no como parte del público. No buscaba camaradería, sino su vocación.
El sol aún estaba alto, así que las calles aún no estaban atestadas. Con el crepúsculo saldrían los retozones aprendices, y el anochecer convocaría a los amantes, los sibaritas y los juerguistas. Pero aun ahora, por la tarde, algunos teatros estaban abiertos, y las galerías hacían buenos negocios a plena luz del día.
Nafai se detuvo en varias galerías, más porque estaban abiertas que porque pensara seriamente en iniciarse como aprendiz de pintor o escultor.
