No era hábil para el dibujo, y cuando en la infancia probó suerte con la escultura sus proyectos necesitaban títulos para que la gente entendiera qué eran. Mientras paseaba por las galerías, Nafai procuró adoptar un aspecto grave y circunspecto, pero los vendedores no se dejaban engañar. Nafai sería alto como un hombre pero aún era demasiado joven para ser un cliente de consideración. Así que no se le acercaban a hablarle como cuando entraba un adulto. Tuvo que obtener información de oídas. Los precios lo azoraban. Claro que el coste de los originales era inaccesible, pero incluso las copias holográficas de alta resolución le resultaban demasiado caras. Lo peor era que las pinturas y esculturas que le gustaban más eran siempre las más caras. Tal vez eso significase que tenía un gusto refinado. O quizá que los artistas que sabían impresionar a los ignorantes eran los que ganaban más dinero.

Aburrido de las galerías y resuelto a averiguar qué arte sería el cauce de su futuro, Nafai enfiló hacia el Teatro Abierto, una serie de escenarios diminutos que salpicaban el parque cerca de la muralla. Estaban ensayando algunas obras. Como aún no había público, las burbujas sónicas estaban apagadas, y mientras Nafai caminaba de escenario en escenario los sonidos de las diversas obras se confundían. Al cabo de un rato, sin embargo, Nafai descubrió que si se detenía a mirar un ensayo durante un buen rato y lograba interesarse, dejaba de reparar en los demás ruidos.

Lo que más le atrajo fue la representación de una sátira. La sátira le interesaba porque los guiones siempre eran tan nuevos como los chismes más recientes. Y tal como había imaginado, allí estaba el autor, garrapateando sus versos en papel —en papel— y entregando las hojas a un ayudante que las llevaba al escenario para entregarlas al actor a quien estaban destinadas. Los actores que no estaban en escena aguardaban en el césped, paseándose o en cuclillas, repitiendo sus diálogos para memorizarlos. Por eso las sátiras siempre eran chapuceras y dislocadas, con súbitos silencios y gran abundancia de incoherencias. Pero nadie esperaba que una sátira fuera buena. Sólo tenía que ser divertida, punzante y nueva.



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