
Aburrido de las galerías y resuelto a averiguar qué arte sería el cauce de su futuro, Nafai enfiló hacia el Teatro Abierto, una serie de escenarios diminutos que salpicaban el parque cerca de la muralla. Estaban ensayando algunas obras. Como aún no había público, las burbujas sónicas estaban apagadas, y mientras Nafai caminaba de escenario en escenario los sonidos de las diversas obras se confundían. Al cabo de un rato, sin embargo, Nafai descubrió que si se detenía a mirar un ensayo durante un buen rato y lograba interesarse, dejaba de reparar en los demás ruidos.
Lo que más le atrajo fue la representación de una sátira. La sátira le interesaba porque los guiones siempre eran tan nuevos como los chismes más recientes. Y tal como había imaginado, allí estaba el autor, garrapateando sus versos en papel —en papel— y entregando las hojas a un ayudante que las llevaba al escenario para entregarlas al actor a quien estaban destinadas. Los actores que no estaban en escena aguardaban en el césped, paseándose o en cuclillas, repitiendo sus diálogos para memorizarlos. Por eso las sátiras siempre eran chapuceras y dislocadas, con súbitos silencios y gran abundancia de incoherencias. Pero nadie esperaba que una sátira fuera buena. Sólo tenía que ser divertida, punzante y nueva.
