
Esta trataba sobre un viejo que vendía pociones de amor. El enmascarado que representaba al viejo no aparentaba más de veinte años, y no era muy hábil imitando una voz mayor. Pero eso formaba parte de la diversión: los enmascarados solían ser aprendices que aún no habían obtenido un papel en una compañía de actores. Sostenían que usaban máscaras en vez de maquillaje para protegerse de las represalias de las airadas víctimas de la sátira, pero al observarlos Nafai sospechó que la máscara también servía para proteger al joven actor de las befas de sus padres.
Era una tarde calurosa y algunos actores se habían quitado la camisa; los de tez clara no parecían tener en cuenta que se estaban poniendo rojos como tomates. Nafai rió en silencio al pensar que los enmascarados debían de ser los únicos de Basílica que podían tostarse todo el cuerpo salvo el rostro.
El ayudante entregó unos versos a un actor que estaba acuclillado en la hierba. El joven les echó un vistazo, se levantó y se aproximó al autor.
—No puedo decir esto —declaró.
El autor estaba de espaldas a Nafai, quien no pudo oír la respuesta.
—¿Qué? ¿Mi papel es tan irrelevante que mis líneas no tienen rima?
El autor respondió con voz tan estentórea que Nafai captó algunas frases, que terminaron con un hiriente «¡escríbelo tú mismo!».
El joven se quitó la máscara con enfado.
—¡No podría escribir nada peor que esto! El autor soltó una carcajada.
—Supongo que no. Vamos, inténtalo. No tengo tiempo para ser brillante en cada escena.
Aplacado, el joven se puso la máscara. Pero Nafai había visto lo suficiente. Pues el joven enmascarado que exigía que sus líneas rimaran era nada menos que su hermano Mebbekew.
