
Conque ésta era su fuente de ingresos. No pedía dinero prestado. La idea que para Nafai parecía tan ingeniosa y fresca —hacerse aprendiz de artista para independizarse— se le había ocurrido a Mebbekew tiempo atrás y la había puesto en práctica. En cierto modo era alentador. Si Mebbekew puede, ¿por qué yo no? Pero también era desalentador pensar que entre toda la gente había elegido a Mebbekew para emular. Meb, el hermano que lo había odiado toda la vida en vez de empezar a odiarlo recientemente, como Elya. ¿Para esto he nacido? ¿Para ser un segundo Mebbekew?
Luego se le ocurrió el pensamiento más insidioso. ¿No sería cómico que yo me iniciara como actor, años después de Meb, y una compañía me contratara de inmediato? Sería deliciosamente humillante; Meb querría suicidarse.
Bien, tal vez no. Era más probable que Meb quisiera asesinarlo.
Nafai despertó de su despechada ensoñación para presenciar la escena. El vendedor de pociones trataba de persuadir a una joven reacia de que le comprara unas hierbas.
Pon las hojas en su té, pon las flores en tu lecho y cuando toquen las tres sin duda ya estará muerto… muerto de amor, por cierto.
La trama comenzaba a cobrar sentido. El viejo quería envenenar al amante de la muchacha persuadiéndola de que la hierba fatal era una poción de amor. Al parecer ella no había comprendido sus intenciones (los personajes de las sátiras eran increíblemente estúpidos), pero se negaba a comprar por otras razones.
Me moriría de amores antes de usar tus flores. Fuera de aquí, lisonjero. Quiero un amor verdadero.
De pronto el viejo entonó una canción operística. Su voz no era mala, a pesar de la exageración destinada al efecto cómico.
¡El sueño del amor es esplendoroso!
