—Me encanta presenciar tu pequeña danza —dijo Issib.

—¿Danza?

—Tuerces a la izquierda, te lavas la axila, tuerces a la derecha, te lavas la otra axila, te encorvas y abres las nalgas para enjuagarte el trasero, te echas hacia atrás…

—De acuerdo, entiendo.

—Hablo en serio, es un número maravilloso. Deberías mostrarlo al representante del teatro abierto. O incluso a la orquesta. Podrías ser una estrella.

—Un chico de catorce años bailando desnudo bajo una catarata de agua —rezongó Nafai— . Creo que mostrarían eso en otra clase de teatro.

—¡Pero siempre en Villa de las Muñecas! ¡Tendrías mucho éxito en Villa de las Muñecas!

Nafai ya se había secado todo menos el cabello, que aún estaba frío como la escarcha. Quería correr a su cuarto como cuando era pequeño, mascullando palabras bobas —«uga- buga luga-buga» había sido una de sus predilectas— mientras se ponía la ropa y se frotaba para entibiarse. Pero ahora ya era un hombre, y ni siquiera estaban en invierno, sólo en otoño, así que se obligó a caminar serenamente hacia la habitación. Por eso aún estaba en el patio, desnudo y helado, cuando Elemak cruzó el umbral.

—Ciento veintiocho días —bramó.

—¡Elemak! —exclamó Issib—. ¡Has regresado!

—Pues no ha sido gracias a los salteadores —dijo Elemak. Enfiló hacia la ducha quitándose la ropa—. Nos atacaron hace un par de días, cerca de Basílica. Creo que esta vez liquidamos a uno.

—¿No estás seguro? —preguntó Nafai.

—Usamos el pulsador, por supuesto. ¿Por supuesto?, pensó Nafai. ¿Usar un arma de caza contra una persona?

—Le vi caer, pero no era momento para retroceder a confirmarlo, así que quizá tropezó y cayó justo cuando disparé.

Elemak tiró del cordel antes de enjabonarse. Al sentir el contacto del agua aulló, y luego bailó su propia danza, sacudiendo la cabeza y salpicando agua por todo el patio mientras canturreaba «uga-buga luga-buga» como un niño.



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