—Fin de la canción —prosiguió Meb—. Efecto de fuego. El vendedor de pociones y la muchacha alzaron las manos remedando sorpresa.

—¡Una columna de fuego! —exclamó el vendedor de pociones.

—¿Cómo pudo aparecer fuego en una desnuda roca del desierto? —exclamó la muchacha—. ¡Es un milagro! El vendedor de pociones se volvió hacia ella.

—¡No sabes de qué hablas, zorra! ¡Yo soy el único que puede verlo! ¡Es una visión!

—¡No! —gritó Mebbekew con voz profunda—. ¡Es un efecto especial!

—¡Un efecto especial! —exclamó el vendedor—. Entonces tú has de ser…

—En efecto.

—¡Ese viejo farsante, el Alma Suprema!

—¡Me enorgullecen tus imposturas! ¡Engañas a esa tonta con galanura!

—Engañarla cuesta poco, pues eres mi gran maestro.

—¡No! —tronó el autor—. ¡No gran maestro, idiota, sino maestro loco, para que rime convoco!

—Claro, claro —dijo el joven enmascarado que hacía de vendedor de pociones—. Así perdemos el sentido, pero al menos rima.

—No importa que perdamos el sentido, mozalbete arrogante. Lo importante es que no perdamos dinero.

Todos rieron, aunque era evidente que los actores no le tenían gran simpatía al autor. Reanudaron la escena y poco después Meb y el vendedor de pociones se lanzaron a cantar y balar celebrando su ingenio para estafar a la gente, que en general era muy crédula, sobre todo las mujeres. Cada dístico de la canción parecía destinado a agraviar a un sector del público, y la canción continuó hasta que cada ciudadano de Basílica fue víctima de sus escarnios.

Mientras ellos cantaban y bailaban, la muchacha fingía asar una comida en las llamas.

Meb recordaba la letra mejor que el otro enmascarado, y aunque Nafai sabía que la escena estaba destinada a humillar a Padre, no pudo dejar de notar que Meb era bastante bueno en el canto y que pronunciaba cada palabra con gran claridad. Yo también podría hacerlo, pensó Nafai.



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