
La canción regresaba una y otra vez al estribillo:
Bailo y canto junto al fuego con este gran mentiroso, sumamente peligroso cuando practica sus juegos.
Cuando terminó la canción el Alma Suprema —Meb— había persuadido al vendedor de pociones de que el mejor modo de engatusar a las mujeres de Basílica era convencerlas de que él recibía visiones del Alma Suprema.
—Son niñas tan candorosas —dijo Meb— que se tragan cualquier cosa.
La escena concluyó cuando el vendedor se llevó a la muchacha del escenario diciéndole que había tenido una visión de la ciudad de Basílica en llamas. El autor había optado por aliteraciones en vez de rimas, y el verso resultaba más natural pero menos divertido.
—¿Por qué prefieres perder tiempo con un pequeñín lampiño y ñoño? Mejor fuera follar sin freno con un vejete feo y fogoso, y así asimilar su Alma Suprema.
—De acuerdo —intervino el autor—. Funcionará. Ahora veamos la escena de la calle.
Otro grupo de enmascarados subió al escenario. Nafai cruzó el parque para acercarse a Mebbekew, quien, con la máscara puesta, ya estaba garabateando nuevos diálogos en un papel.
—Meb.
Meb se volvió sorprendido, tratando de ver mejor a través de los pequeños orificios de la máscara.
—¿Cómo me has llamado? —Entonces vio que era Nafai. Se levantó de un brinco y trató de alejarse—. Aléjate de mí, mequetrefe.
—Meb, tengo que hablar contigo. Mebbekew siguió caminando.
—¡Antes de que actúes esta noche en la obra! —gritó Nafai. Meb se volvió bruscamente.
—No es una obra, es una sátira. No soy un actor, soy un enmascarado. Y tú no eres mi hermano, eres un torpe. La furia de Meb lo desconcertó.
—¿Qué te he hecho? —preguntó Nafai.
