
—Es lo más descabellado que he oído nunca.
—No lo estoy inventando —dijo Nafai—. Esta mañana estuve en el pórtico de Madre y…
—¡La escena del pórtico! Ésa es… Él describe que el boticario… ¿Se supone que ése es Padre?
—¿Qué crees que te estoy diciendo?
—Bastardo —susurró Meb—. Ese bastardo. Y me puso en el papel de Alma Suprema.
Meb enfiló hacia el enmascarado que hacía el papel de boticario. Se detuvo un instante a examinar la máscara y el disfraz.
—Es tan evidente. Debo de tener cerebro de mosquito… ¡Pero una visión!
—¿De qué hablas? —preguntó el enmascarado.
—Dame esa máscara —dijo Mebbekew—. ¡Dámela!
—Claro, aquí tienes.
Meb se la arrancó de las manos y corrió colina arriba hacia el autor. Nafai lo siguió. Meb agitaba la máscara frente al autor.
—¡Cómo te atreves, Drotik, viejo repulsivo!
—Oh, no finjas que no lo sabías, muchacho.
—¿Cómo iba a saberlo? He estado durmiendo hasta la hora de los ensayos. Me pusiste en escena ridiculizando a mi padre y es mera coincidencia que no conocieras ese detalle. Sí, vaya si te creo.
—Oye, esto atrae al público.
—¿ Qué pensabas hacer, decir a la gente quién soy, cuando has prometido que protegerías mi anonimato? ¿Y qué significan estas máscaras? —Meb se volvió hacia los demás, que estaban desconcertados por la situación—. Escuchadme. ¿Sabéis qué pensaba hacer este viejo infecto? Iba a ridiculizar a mi padre y revelar al público que yo hacía el papel de Alma Suprema. ¡Iba a desenmascararme!
