
El autor estaba inquieto por este giro de los acontecimientos. Aunque la mayoría de los enmascarados aún ocultaba el rostro, sin duda se enfurecería ante la idea de que un autor expusiera la identidad de sus enmascarados. Así que Drotik procuró dominar la situación.
—No perdáis tiempo en estas tonterías —dijo a los demás—. Acabo de despedirlo porque ha tenido el descaro de rescribir mis líneas, y ahora quiere estropear el espectáculo.
Los enmascarados se relajaron visiblemente.
Meb comprendió que había perdido la discusión. Los enmascarados querían creer al autor, pues de lo contrario perderían el empleo.
—Mi padre no es el mentiroso, sino tú —dijo Meb.
—La sátira es maravillosa, ¿verdad? —preguntó Drotik—. Hasta que uno es víctima de las befas.
Meb alzó la máscara de melena blanca como si fuera a golpear al autor. Drotik alzó un brazo para defenderse. Pero Meb no pretendía golpearlo. Partió la máscara sobre la rodilla y arrojó los fragmentos sobre el regazo de Drotik.
Drotik bajó el brazo y enfrentó la mirada de Mebbekew.
—Mi artesano tardará diez minutos en ponerle barba a otra máscara. ¿O se trata de una amenaza metafórica?
—No lo sé —dijo Meb—. ¿Tú tratabas de que yo asesinara metafóricamente a mi padre?
Drotik movió la cabeza en un ademán incrédulo.
—Es una parodia, hijo. Meras palabras. Algunas carcajadas.
—Algunos billetes más.
—Eso te pagaba el sueldo.
—Eso te ha hecho rico.
Meb giró sobre los talones y se marchó, seguido por Nafai. Drotik pidió al ayudante que fuera a la muralla en busca de enmascarados que pudieran aprender un papel en tres horas.
Mebbekew no permitió que Nafai lo alcanzara. Apretaba el paso cada vez más, hasta que al fin echaron a correr por las calles, subiendo y bajando las lomas. Pero Mebbekew no tenía resistencia para superar a Nafai, y al fin se apoyó en la esquina de una casa, jadeando.
