
Nafai no sabía qué decir. No quería perseguir a Meb, sólo decirle lo que pensaba: que había estado sensacional al poner al autor en cintura, al llamarlo mentiroso sin rodeos y pulverizar cada argumento con que Drotik se defendía. Cuando partiste la máscara, quise aplaudirte. Eso quería decirle.
Pero cuando se le acercó, comprendió que Meb no sólo jadeaba para recobrar el aliento. Estaba llorando, no de pesar, sino de rabia, y golpeaba la pared con el puño.
—¿Cómo pudo hacerlo? —repetía—. ¡Ese estúpido y egoísta hijo de puta!
—No te preocupes —dijo Nafai para consolarlo—. Drotik no vale la pena.
—¡No Drotik, imbécil! —respondió Meb—. Drotik es exactamente como yo pensaba, excepto que ahora he perdido el empleo y nunca tendré otro. Drotik dirá a todo el mundo que lo dejé plantado tres horas antes de una función.
—¿Entonces con quién estás enojado?
—¡Con Padre! ¿Con quién crees? Una visión… No puedo creerlo. ¡Pensé que Drotik respondería que no se burlaba de Padre, sino de otra persona, que de dónde sacaba la idea de que el personaje era Wetchik, que sólo un tonto cometería la idiotez de pensar que el honorable Wetchik recibía visiones del Alma Suprema!
—Madre lo cree.
—Madre ha renovado su contrato todos los años desde el año en que fuiste concebido. Obviamente no es muy objetiva cuando se trata de juzgarlo a él. ¿Tú le crees? ¿Le cree alguien que no haya dormido con él?
—No lo sé. Ni siquiera sé quién se ha enterado.
—Te diré una cosa. Dentro de seis horas toda Basílica estará al corriente. ¡Mataría a ese viejo pedorro…!
—Cálmate, no hablas en serio…
—¿No? ¿Crees que no me gustaría asestarle este puño en la jeta? —Meb gritó su próxima frase a un peatón—. ¡Yo te haré ver visiones, charlatán, mercader de plantas!
La gente se detuvo en la calle.
—Ya. Conque Padre te avergüenza a ti.
