Yo no te he pedido que me siguieras. Tú me viniste detrás, y si no te gusta estar conmigo puedes ahogarte en tu propio moco, no me opongo.

—Vamos a casa —dijo Nafai, pues no sabía qué otra cosa decir.

5. RUEDAS

Pero esa noche Nafai hubiera preferido no estar en casa. Tenía esperanzas de que Padre estuviera en otra parte y Meb pudiera calmarse antes de que hablaran. Pero no, claro que no. Padre quería hablar con Meb. Ya había pasado una hora hablando con Elemak —Nafai no lamentaba haberse perdido esa escena— y ahora parecía tener la ilusión de que quizá pudiera persuadir a Meb de creer en su visión.

Los gritos comenzaron en cuanto Mebbekew localizó a Padre en su estudio. Nafai conocía esas discusiones, así que se retiró sin demora a su habitación. Al pasar por el patio vio a Issib asomado en la puerta. Otro refugiado, pensó Nafai.

Durante una hora sólo se oyó el murmullo de la voz de Padre, quizá tratando de explicar su visión, interrumpido en ocasiones por el penetrante alarido de Mebbekew, con comentarios que oscilaban entre la acusación y la burla. Luego estallaron los reproches: Mebbekew quejándose de que Padre humillaba a la familia, Padre alegando que Meb deshonraba a la familia trabajando de enmascarado. Padre empezó a gritar y Mebbekew a explicarse, lo cual prolongó la riña una hora más, hasta que Meb se marchó de la casa hecho una furia y Padre fue a los establos a cuidar los animales hasta que consiguió calmarse.

Sólo entonces Nafai se atrevió a ir a la cocina para comer su primera comida del día, pues desfallecía de hambre. Para su asombro, encontró allí a Elemak e Issib.

—Elya, no sabía que estabas aquí —afirmó Nafai. Elemak lo miró sin entender; luego recordó.

—Olvídalo —dijo—. Esta mañana estaba enfadado, pero no es nada. Olvídalo.

Nafai se había olvidado, con todo lo que había ocurrido, que Elemak le había advertido que no regresara a casa.



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