
—Supongo que ya lo olvidé —dijo.
Elemak lo miró de mal talante y siguió comiendo.
—¿Qué he dicho?
—No importa —dijo Issib—. Estamos pensando qué hacer.
Nafai fue hasta la nevera y revisó la comida que Truzhnisha guardaba allí para estas ocasiones. Desfallecía de hambre pero nada le apetecía.
—¿No hay nada más?
—No, tengo el resto escondido en los pantalones —contestó Issib.
Nafai escogió algo que en un tiempo le gustaba, aunque esta noche no le atraía. Mientras lo calentaba, se volvió hacia los otros dos.
—¿Y qué hemos decidido? Elemak no lo miró.
—No hemos decidido nada —respondió Issib.
—¿Qué? ¿De pronto soy el único chiquillo de la casa, mientras los hombres toman las decisiones?
—En efecto, sí —dijo Issib.
—¿Y qué decisiones tomaréis? ¿Quién puede tomar decisiones, aparte de Padre? Es su casa, su negocio y su dinero, y es su nombre el que provoca risas en toda Basílica.
Elemak sacudió la cabeza.
—No en toda Basílica.
—¿Quieres decir que hay alguien que no se ha enterado?
—Quiero decir que no todos se ríen.
—Pues se reirán si esa sátira dura mucho tiempo. Vi un ensayo, Meb actuaba bastante bien. Claro que se marchó porque hablaba de Padre, pero creo que tiene talento. ¿Sabías que cantaba?
Elemak lo miró con desprecio.
—¿De veras eras tan frívolo, Nyef?
—Sí —dijo Nafai—, soy tan frívolo que no le doy importancia a nuestro bochorno, si Padre tuvo una visión.
—Sabemos que Padre tuvo una visión. El problema es lo que piensa hacer.
—Bien, el Alma Suprema le envía una visión advirtiéndole acerca de la destrucción del mundo. ¿Esperas que la mantenga en secreto?
—Come y calla —contestó Elemak.
—Anda diciendo a la gente que el Alma Suprema quiere que regresemos a las leyes tradicionales —comentó Issib.
