
—¿Te has vuelto loco? —preguntó Elemak.
—¿Qué? —preguntó Nafai.
—Aquí hace un frío que pela y tú te quedas tan tranquilo, mojado y con el trasero al aire.
—Sí —dijo Nafai. Pero no corrió hacia su cuarto, pues eso sería admitir que el frío le molestaba. Así que le sonrió a Elemak—. Bienvenido a casa.
—No presumas tanto, Nyef —dijo Elemak—. Sé que te mueres de frío… tus partes colgantes se están encogiendo.
Nafai fue a su habitación y se puso el pantalón y la camisa. Le fastidiaba que Elemak siempre le adivinara el pensamiento. Elemak ni se molestaba en suponer que Nafai se burlaba del frío por ser curtido y viril. No, Elemak siempre suponía que cuando Nafai se portaba como un hombre sólo estaba fingiendo. Claro que fingía y Elemak tenía razón, pero eso sólo servía para fastidiarle más. ¿Cómo lograba un hombre convertirse en un hombre, salvo actuando hasta que la actuación se volvía hábito y al fin se convertía en temperamento? Además, no era sólo simulación. Por un instante, al ver a Elemak de regreso, al oírle decir que quizás hubiera matado a un hombre en su travesía, Nafai se había olvidado del frío, se había olvidado de todo.
Había una sombra en la puerta, Issib.
—No lo tomes así, Nafai.
—¿A qué te refieres?
—No te enfurezcas tanto cuando él bromea. Nafai quedó francamente desconcertado.
—¿De qué estás hablando? No estaba furioso.
—Cuando él bromeó sobre el frío que sentías —le dijo Issib—. Temí que fueras a arrancarle la cabeza.
—Pero si yo no estaba enfadado.
—Pues entonces andas mal de la cabeza, amigo —dijo Issib—. Yo te noté enfadado. El te notó enfadado. Hasta el Alma Suprema te notó enfadado.
