– Dos críos. Bueno, el chico ya es mayor. La chica todavía vive en casa. Crecerá y se irá antes de que nos demos cuenta. Al final todos ahuecan el ala.

Gregory miró al espejo, pero el tío no le estaba buscando la mirada: sólo cortaba, con la cabeza gacha. Quizá no fuese un mal tío. Aparte de ser un pelma. Y, por supuesto, su psicología sufría la deformación terminal causada por decenios de complicidad en el nexo de la explotación entre amo y siervo.

– Pero quizá usted no sea de los que se casan, señor.

Ésta sí que es buena. ¿Quién acusa a quién de ser marica? Siempre había aborrecido a los peluqueros, y aquél no era una excepción. Puto marido provinciano con dos-coma-cuatro hijos, paga la hipoteca, lava el coche y lo guarda en el garaje. Una bonita parcela de jardín al lado de la vía del tren, mujer con cara de perro chato tendiendo la colada en uno de esos tendederos de metal, sí, sí, ya veo. Seguro que él juega de árbitro los sábados por la tarde en alguna liga de mierda. No, ni siquiera de árbitro, sólo de linier.

Gregory se percató de que el tío hacía una pausa, como si aguardase una respuesta. ¿Quería una respuesta? ¿Qué derecho tenía a pedirla? Vale, vamos a meterle en cintura.

– El matrimonio es la única aventura accesible a los cobardes.

– Sí, bueno, seguro que usted es más inteligente que yo, señor -contestó el peluquero, en un tono que obviamente no era afable-. Por haber ido a la universidad.

Gregory se limitó a gruñir de nuevo.

– No soy quién para juzgar, claro, pero me parece que las universidades enseñan a los estudiantes a despreciar más cosas de las que debieran. Al fin y al cabo, las pagamos con nuestro dinero. Pero me alegro de que mi chico fuera a la politécnica. No le ha venido mal. Ahora gana buena pasta.

Sí, sí, suficiente para mantener a los siguientes dos-coma-cuatro hijos y para tener una lavadora un poco más grande y una mujer un poco menos perruna.



9 из 174