Bueno, por el momento, en todo caso. Evocó de ella un recuerdo apasionado: él en la bañera, ella le lavaba el pelo y luego se lo cortaba mientras él estaba sentado. El quitaba el tapón y ella le cepillaba los pelos cortados con la alcachofa de la ducha, jugando con el chorro, y cuando él se levantaba ella, la mayoría de las veces, le chupaba la polla, así, como si nada, al mismo tiempo que le sacudía los últimos pelos. Sí.

– ¿Algún sitio… en especial…, señor?

El tío fingía que se daba por vencido en su búsqueda de una raya.

– Córtelo hacia atrás.

Gregory dio un cabezazo vengativo para que el pelo volviera a su sitio sobre la coronilla. Sacó las manos de la fina sábana de nailon, se peinó con los dedos como estaba antes y luego se ahuecó el pelo. Igual que lo tenía cuando entró en el local.

– ¿Cómo de largo…, señor?

– Un palmo más abajo del cuello. Por los lados hasta el hueso, hasta aquí.

Señaló la línea con los dedos corazón.

– ¿Y quiere un afeitado, ya que estamos?

Un puto descaro. Eso es lo que es un afeitado en estos tiempos. Sólo los abogados, los ingenieros y los guardas forestales hurgaban en sus neceseres todas las mañanas y se abrían tajos en el rastrojo de barba, como calvinistas. Gregory se colocó de costado ante el espejo y se examinó con los ojos entornados.

– A ella le gusta así -dijo, a la ligera.

– Casado, ¿eh?

Ojo, cabronazo. No me vaciles. No ensayes conmigo el rollo de la complicidad. A menos que seas marica. No es que yo tenga nada contra ellos. Estoy a favor de la libertad de elección.

– ¿O está ahorrando para ese suplicio?

Gregory no se molestó en contestar.

– Veintisiete años de casado, servidor -dijo el tío, al dar los primeros cortes-. La cosa tiene altibajos, como todo.

Gregory gruñó de un modo más o menos expresivo, como en el dentista cuando tienes la boca llena de hierros y el mecánico insiste en contarte un chiste.



8 из 174