– ¿Y qué? ¿No me dirás que ahora tienes miedo de verme? ¿Acaso te parece más complicado espiarme en estos servicios que a través del tabique agujereado del colé? No era más sutil cuando me observabas desde la claraboya del cuarto de baño de tu casa. ¡Entra!

Ella lo estiró, sin dejarle más alternativa que la de seguirla. El joven se sintió aliviado al constatar que sólo había una cabina. Ella se apoyó en su hombro, se quitó el zapato izquierdo y apuntó a la lámpara del techo. Logró su objetivo al primer intento y la bombilla estalló con un ruido sordo. En la penumbra, sólo alterada por el único neón que había sobre el espejo, ella se apoyó en el lavabo, lo abrazó y pegó sus labios a los de él. Tras un primer beso incomparable, ella deslizó la boca hasta detrás de su oreja. El calor susurrante de su voz añadió un estremecimiento indeciso que acabó por recorrer toda la espalda de Philip.

– Llevo tu medalla pegada a mis senos desde antes de que me saliesen. Quiero que tu piel sea el guardián de su recuerdo por más tiempo aún. Me voy, pero te voy a vigilar durante toda mi ausencia, porque no quiero que seas de nadie más.

– ¡Eres increíble!

La media luna verde de la cerradura giró hacia el rojo.

– Cállate y continúa -dijo ella-. Quiero comprobar tus progresos.

Mucho más tarde ambos salieron y volvieron a la mesa, bajo la mirada inquisitorial del camarero que secaba los vasos. Philip tomó la mano de Susan, pero le pareció que ella ya estaba en otra parte.

Más al norte, en la entrada del valle de Sula, las densas olas destrozaban todo a su paso con un rugido ensordecedor. Coches, ganado, escombros, surgían de forma esporádica en el centro de los torbellinos de barro de donde por momentos emergía un horrible caos de miembros despedazados. Nada resistió: las torres de electricidad, los camiones, los puentes, incluso las fábricas, eran arrancados del suelo, fatalmente arrastrados por una mezcla de fuerzas irresistibles.



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