Era un regalo de comunión. Un verano habían querido convertirse en hermanos de sangre. El proyecto había sido objeto de un profundo estudio; libros sobre los indios sacados en préstamo de la biblioteca y leídos atentamente en los bancos del patio de recreo. La conclusión de sus investigaciones no dejaba duda alguna sobre el método a seguir: era preciso intercambiar la sangre, cortarse en algún sitio. Susan había sustraído del despacho de su padre un cuchillo de caza y ambos se habían escondido en la cabaña de Philip. Él había tendido su dedo, intentado cerrar los ojos, pero sintió vértigo al ver que la hoja se acercaba. Como a ella tampoco le hacía gracia la idea, habían vuelto a leer los manuales «apaches» para encontrar una solución al problema: «LA OFRENDA DE UN OBJETO SAGRADO CONSTITUYE UNA PRUEBA DEL CARIÑO ETERNO DE DOS ALMAS», aseguraba la página 236 del volumen.

Una vez verificado el significado de la palabra «ofrenda», se prefirió este segundo método y se adoptó de común acuerdo. En el curso de una ceremonia solemne, en la que recitaron algunos poemas iroqueses y siux, Philip colocó su medalla de bautismo en torno al cuello de Susan. Ella nunca más se la quitaría. Tampoco cedió a los ruegos de su madre, pidiéndole que se la sacara al menos para dormir.

Susan sonrió, haciendo resaltar sus mejillas.

– ¿Puedes llevarme la bolsa? Pesa una tonelada, quisiera irme a cambiar. Si no, cuando llegue allí me moriré de calor.

– ¡Pero si sólo llevas una blusa!

Ella ya se había levantado y lo arrastraba por el brazo, indicando con un gesto al camarero que les guardase la mesa. El camarero asintió con un movimiento de la cabeza, la sala estaba casi vacía. Philip dejó la bolsa junto a la puerta de los lavabos. Susan se colocó delante de él.

– ¿Entras? Te he dicho que era pesada.

– Me gustaría, pero ¿este lugar no está reservado a las mujeres?



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