
15 de octubre
Philip:
La llegada ha sido caótica. Hemos estado bloqueados cuatro días en la escala de Miami. Esperábamos dos contenedores con alimentos y la reapertura del aeropuerto de La Ceiba, donde teníamos que hacer un escala. Quería aprovechar para visitar un poco la ciudad, pero ha sido imposible. Junto con los otros miembros de la unidad hemos tenido que permanecer estacionados en un hangar. Tres comidas al día, dos duchas y una cama de campaña, cursos intensivos de español y de socorrismo; esto parece el ejército, pero sin sargentos. Finalmente el DC3 nos ha trasladado a Tegucigalpa y desde allí un helicóptero del Ejército nos ha transportado a Ramón Villesla Morales, el pequeño aeródromo de San Pedro Sula. Es increíble, Philip, desde el aire parece que el país haya sido bombardeado: kilómetros de tierras devastadas por completo, restos de casas, puentes rotos y cementerios improvisados por doquier. Volando a baja altura hemos visto manos tendidas hacia cielo que sobresalían del océano de barro, así como centenares de cadáveres de animales con las panzas hacia arriba. Por todas partes hay un olor pestilente, las carreteras están arrancadas; parecen cintas deshechas de cajas de cartón rotas. Los árboles desarraigados han caído unos sobre otros. Nada ha logrado sobrevivir bajo estos bosques de Mikado. Pedazos enteros de montañas se han hundido, borrando del mapa los pueblos que se levantaban sobre ellas. Nadie podrá contar los muertos, pero son miles. ¿Cómo es posible saber el número real de cadáveres sepultados? ¿Cómo encontrarán los supervivientes la fuerza necesaria para sobrevivir a tanta desesperación? Para ayudarlos de verdad deberíamos ser cientos, y en este helicóptero apenas somos dieciséis personas.
Dime, Philip, dime por qué nuestras grandes naciones pueden enviar legiones de soldados a la guerra, pero son incapaces de hacer lo mismo cuando se trata de salvar niños.
