
Él la mira, inmóvil, hay tristeza en sus ojos. Ella le dirige una sonrisa y prosigue:
– Sabía que era un poco egoísta por mi parte dejar que me acompañases a tomar el avión.
– Susan, ¿por qué haces esto?
– Porque «esto» es hacer realidad mis sueños. No quiero acabar como mis padres, Philip. He visto cómo pasaban su vida pagando letras. ¿Y para qué? Para que los dos acabasen estrellados contra un árbol, en el bonito coche que se acababan de comprar. Toda su vida quedó resumida a dos segundos en el noticiario de la noche, que vi en una tele que aún se debía. No juzgo nada ni a nadie, Philip. Pero yo quiero otra cosa, y ocuparme de los demás es una manera de sentirme viva.
Él la contempla desconcertado, admirando su determinación. Desde el accidente no es la misma. Es como si los años se hubiesen precipitado en cada Nochevieja: como las cartas de la baraja que se reparten de dos en dos para acabar antes. Susan no parecía tener veintiún años, salvo cuando sonreía, cosa que hacía muy a menudo. Tras finalizar sus estudios en el Junior College, con el diploma de Associate of Arts en el bolsillo, se había enrolado en el Peace Corps, una organización humanitaria que envía a jóvenes al extranjero con el fin de realizar trabajos de asistencia social.
En menos de una hora ella viajará a Honduras para un período de dos largos años. A varios miles de kilómetros de Nueva York, pasará al otro lado del espejo del mundo.
En la bahía de Puerto Castilla, como en la de Puerto Cortés, los que habían decidido dormir al aire libre renunciaron a hacerlo. El viento se había levantado al final de la tarde y ahora soplaba con fuerza. No se alarmaron. No era la primera ni la última vez que se anunciaba una tormenta tropical.
El país estaba acostumbrado a las lluvias, frecuentes en esta época del año. El sol pareció ponerse más temprano, los pájaros salieron volando deprisa, señal de mal augurio. Hacia medianoche la arena se levantó, formando una nube a unos centímetros del suelo. Las olas comenzaron a hincharse muy rápidamente, y ya era imposible oír los gritos que unos y otros se lanzaban para reforzar las amarras.
