Al ritmo de los relámpagos que rasgaban el cielo, los pontones se movían peligrosamente por encima de la espuma agitada. Empujadas por la marejada, las embarcaciones chocaban entre sí. A las dos y cuarto de la madrugada el carguero San Andrea, de 35 metros de eslora, salió proyectado contra los arrecifes y se hundió en ocho minutos.

Su costado había sido desgarrado en toda su longitud. En aquel mismo momento, en El Golasón, el pequeño aeropuerto de La Ceiba, el DC3 gris plateado que se hallaba estacionado frente al hangar se elevó súbitamente, para caer poco después al pie de lo que hacía las veces de torre de control; a bordo no había ningún piloto. Las dos hélices se doblaron y el plano vertical se partió en dos. Unos minutos más tarde el camión cisterna cayó hacia un lado, comenzó a deslizarse y las chispas inflamaron el carburante.


Philip coloca su mano sobre la de Susan, dándole la vuelta y acariciando la palma.

– Te echaré mucho de menos, Susan.

– ¡Y yo a ti! Mucho, ¿sabes?

– Estoy orgulloso de ti, aunque te odio por dejarme tirado de esta forma.

– Basta. Nos prometimos que no habría lágrimas.

– ¡No me pidas lo imposible!

Inclinados uno sobre el otro, comparten la tristeza de una separación y la feliz emoción de una complicidad alimentada a lo largo de diecinueve años, que representan casi su entera existencia.

– ¿Tendré noticias tuyas? -pregunta él con aire infantil.

– ¡No!

– ¿Me escribirás?

– ¿Crees que aún tengo tiempo para comerme un helado?

Él se dio la vuelta y llamó al camarero. Cuando éste se aproximó, pidió dos bolas de vainilla recubiertas de chocolate caliente y almendras laminadas, todo ello generosamente regado con caramelo líquido. A ella le gustaba este postre, en ese orden preciso; era con mucho su favorito. Susan le mira fijamente a los ojos.



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