– ¿Y tú?

– Te escribiré cuando tenga tu dirección.

– No, me refiero a si sabes lo que vas a hacer.

– Pasaré dos años en la Cooper Union

– Así pues, no has cambiado de opinión. Sé que es estúpido lo que digo, pero jamás cambias de opinión.

– Y tú, ¿cambias de opinión alguna vez?

– Philip, tú no vendrías conmigo aunque te lo hubiese pedido. No es tu vida. Y yo no me quedo aquí porque ésta no es la mía. Así que deja de poner esa cara.

Susan chupaba la cuchara con glotonería. De vez en cuando la llenaba y la acercaba a la boca de Philip que, dócil, se dejaba mimar. Ella rebuscó en el fondo de la copa, recogiendo los últimos restos de las almendras cortadas. El gran reloj de la pared de enfrente marcaba las cinco de esa tarde de mediados de otoño. Siguió un minuto de un extraño silencio. Ella despegó la nariz, que había pegado al ventanal, se inclinó por encima de la mesa para pasar ambos brazos en torno al cuello de Philip y le dijo en voz baja al oído:

– Estoy asustada.

Philip la apartó un poco para verla mejor.

– Yo también.


A las tres de la mañana, en Puerto Lempira, una primera ola de nueve metros destrozó el dique a su paso, arrastrando toneladas de tierra y rocas hacia el puerto, que fue literalmente arrasado. La grúa metálica se dobló bajo la fuerza del viento; su flecha cayó, seccionando el puente, sobre el portacontenedores Río Plátano, que se hundió en las aguas revueltas. Sólo la proa emergió unos instantes entre dos olas, apuntando al cielo, para luego desaparecer en la noche y nunca más volver a ser vista. En aquella región donde cada año se recogían más de tres metros de precipitaciones, quienes habían sobrevivido a los primeros asaltos de Fifí y luego intentaron refugiarse en el interior desaparecieron arrastrados por los torrentes desbordados que, despertados en la noche, abandonaron brutalmente su lecho, arrastrando todo a su paso.



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