Todas las poblaciones del valle desaparecieron, ahogadas bajo las olas burbujeantes que iban cargadas de árboles, restos de puentes, carreteras y casas. En la región de Limón, los pueblos de las montañas, Amapala, Piedra Blanca, Biscuampo Grande, La Jigua y Capiro, se deslizaron junto con los campos, precipitándose por los flancos hacia los valles ya inundados. Los pocos supervivientes, que habían resistido agarrándose a los árboles, perecieron en las siguientes horas. A las dos y veinticinco la tercera ola golpeó de lleno el departamento que llevaba el nombre premonitorio de Atlántida, su costa fue cortada por una hoja de más de once metros de altura. Millones de toneladas de agua se precipitaron hacia La Ceiba y Tela, abriéndose paso a través de callejuelas estrechas que, al actuar como un canal, le proporcionaban aún más fuerza. Las casas que estaban junto al agua fueron las primeras en tambalearse, para desmoronarse después, puesto que sus fundamentos de tierra se deshicieron. Los tejados de chapa ondulada salían volando por los aires y luego se precipitaban violentamente contra el suelo, cortando en dos a las primeras víctimas de esta matanza natural.


Los ojos de Philip se habían deslizado hacia sus apetitosos senos, redondos como manzanas. Susan se dio cuenta de ello, desabrochó un botón de la blusa y sacó la pequeña medalla dorada.

– Pero no arriesgo nada, ya que llevo conmigo tu amuleto y no me lo quito nunca. Ya me ha salvado un vez. Gracias a esta medalla no me subí en el coche con ellos.

– Me lo has dicho cien veces, Susan. ¿Quieres no hablar de eso justamente ahora, antes de subir a un avión?

– De cualquier manera, con ella nada me puede pasar -dice, volviéndose a colocar la medalla bajo la blusa.



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