Como no sabía si darle las gracias o mandarlo a la mierda, tomé el dinero y me lo guardé.

Cuando se fue, descubrí que me sentía más conmovido que enojado. Era un juego más, otra vez se trataba de ganar o perder, mi padre había hecho una apuesta de diez mil dólares contra la muerte. Y esta vez no le habían dado tiempo de cargar los dados.

Conté otra vez el dinero. Eran ocho mil.

Dos

El teléfono me despertó como si gritara. Era mi padre. Era de noche. Llamé a un taxi. Hay varias cuadras peligrosas hasta su casa, pero en un auto blindado me siento seguro, los taxis son pequeñas fortalezas rodantes, una de las pocas instituciones confiables.

Hasta hace unos años todavía se podía caminar por la ciudad. Cuando empezamos a vernos me permitía imaginar que alguna vez caminaríamos juntos por la calle, que alguna vez no te iba a importar que te vieran conmigo. He llegado a alucinar tu mano en alguna caminata solitaria, acariciando tus dedos breves y finos, el óvalo sensible de las uñas. No te gustaban tus manos, te parecían chicas: extendías los dedos para mostrármelos, comparándolos con el largo de la palma, acusándolos de ser demasiado cortos. No te gustaban y para mí eran tan hermosas, tus manos de niña sobre mi pecho, mentirosas, conmovedoras y perfectas: tuyas.

Caminar juntos. Podríamos ahora, si quisieras.

No sólo en los centros de compras o en los barrios cerrados: hay muchos caminódromos en la ciudad, lugares protegidos que fingen ser un barrio cualquiera y en los que por una entrada módica es posible caminar hasta hartarse, recorriendo paisajes infinitos -o limitados- casi reales. Casi. Como cualquiera de esos sustitutos sintéticos que reemplazan a los alimentos naturales. Buenos para quienes no conocieron otra cosa y, para ellos, mejores incluso que la Cosa Misma.



7 из 164