
A los Bingley, en Highmarten, los visitaba con menor frecuencia, dado que, además de la excesiva preocupación que Jane demostraba por el bienestar y la comodidad de su esposo e hijos, que en ocasiones al señor Bennet le resultaba irritante, allí eran escasas las tentaciones en forma de nuevos libros y periódicos. El dinero del señor Bingley provenía originalmente del comercio. Él no había heredado una biblioteca familiar, y solo tras la compra de Highmarten House se había planteado la creación de una propia. En su proyecto, tanto Darcy como el señor Bennet se habían mostrado más que dispuestos a contribuir. Existían pocas actividades más agradables que la de gastar el dinero de un amigo para satisfacción propia y en su beneficio, y si los compradores se sentían tentados periódicamente por alguna extravagancia, se consolaban pensando que Bingley podía permitírsela. Aunque los anaqueles de la biblioteca, diseñados según instrucciones de Darcy y aprobados por el señor Bennet, no estaban en absoluto llenos, el dueño de la casa ya empezaba a enorgullecerse al admirar la elegante disposición de los volúmenes y el brillo en la piel de los lomos, y de tarde en tarde abría incluso algún ejemplar y se lo veía leerlo cuando la estación o el tiempo desapacible le desaconsejaba salir a cazar, pescar o practicar tiro.
La señora Bennet solo había acompañado a su esposo a Pemberley en dos ocasiones. Darcy la había recibido con amabilidad y tolerancia, pero ella sentía tal temor reverencial hacia su yerno que no deseaba repetir la experiencia. Elizabeth sospechaba que su madre sentía un mayor placer explicando a las vecinas las excelencias de Pemberley -el tamaño y la belleza de sus jardines, el empaque de la casa, el número de criados y el esplendor de los comedores- que disfrutándolas. Ni el señor Bennet ni su esposa visitaban con frecuencia a sus nietos.