Sus cinco hijas, nacidas con breves intervalos de tiempo, les habían dejado recuerdos indelebles de noches en blanco, bebés llorones, un aya que protestaba sin cesar y unas niñeras desobedientes. Una inspección somera de cada uno de sus nietos, practicada poco después del nacimiento de todos ellos, les servía para corroborar lo que afirmaban sus padres: que los recién nacidos poseían una belleza notable y que ya daban muestras de una inteligencia extraordinaria, tras lo que se contentaban con recibir periódicos informes sobre sus progresos.

La señora Bennet, para profundo disgusto de sus dos hijas mayores, había proclamado con estridencia durante el baile celebrado en Netherfield que esperaba que la boda de Jane con el señor Bingley pusiera a sus hijas menores en el punto de mira de otros hombres acaudalados y, para sorpresa general, fue Mary la que cumplió debidamente la profecía de su madre. Nadie esperaba que llegara a casarse. Lectora compulsiva, devoraba libros sin criterio ni comprensión. Tocaba con asiduidad el pianoforte, pero carecía de talento, y solía repetir lugares comunes, sin profundidad ni ingenio. Era evidente que nunca había mostrado el menor interés por el sexo masculino. Para ella, un baile de gala era una penitencia que debía soportar solo porque le proporcionaba la ocasión de ser el centro de atención tocando el pianoforte y, gracias al buen uso del pedal de apoyo, someter al público. A pesar de todo, dos años después de la boda de Jane, Mary era ya la esposa del reverendo Theodore Hopkins, rector de la parroquia adyacente a Highmarten.

El vicario de Highmarten se había sentido indispuesto, y el señor Hopkins se había ocupado de los servicios durante tres domingos consecutivos. Se trataba de un soltero flaco y de aire melancólico, de treinta y cinco años, muy dado a pronunciar sermones interminables en los que abordaba complejas cuestiones teológicas y, por tanto, se había ganado fama de poseer gran inteligencia, y aunque no podía decirse de él que fuera un hombre rico, contaba con unos ingresos propios más que dignos, que se sumaban a la paga que recibía.



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