– Por eso le reconocí -añadió el joven-. Estuve en un recital que dio ayer… -miró el reloj-. Anteayer, en realidad -esto recordó a Rebus que era más de media noche-. Y vestía tal cual.

– Por el rostro no resulta fácil identificarle -terció Clarke, haciendo de abogada del diablo. El joven asintió con la cabeza.

– De todos modos… El pelo, la chaqueta y el cinturón…

– ¿Cómo se llama? -preguntó Rebus.

– Todorov, Alexander Todorov. Es ruso. Tengo un libro suyo en la sala de personal. Me lo firmó él.

– Te costaría unas cuantas libras -comentó el compañero, inopinadamente interesado.

– ¿Puede enseñárnoslo? -preguntó Rebus. El joven asintió con la cabeza y se dirigió remiso al pasillo. Rebus miró las filas de puertas de refrigeradores-. ¿En cuál está?

– En el número tres -contestó el ayudante dando unos golpecitos con los nudillos sobre la puerta en cuestión con una etiqueta sin nombre-. Seguro que Lord Byron no se equivoca… es listo.

– ¿Cuánto tiempo hace que trabaja aquí?

– Un par de meses. Se llama Chris Simpson.

Rebus cogió un ejemplar del Evening News.

– La cosa está fea para el Hearts -comentó el ayudante-. Pressley ya no es capitán y hay un entrenador provisional.

– La sargento Clarke estará encantada -comentó Rebus, alzando el periódico para que Siobhan viese la primera página: una agresión a un adolescente sij agredido en Pilrig Park, al que habían rapado.

– Gracias a Dios que no es de nuestro distrito -comentó ella.

Al oír pasos se volvieron los tres; era Chris Simpson que regresaba con un libro fino de tapas duras. Rebus lo cogió y miró la contraportada. El rostro serio del poeta parecía mirarle. Se lo mostró a Clarke, quien se encogió de hombros.

– Sí que parece la misma chaqueta -comentó Rebus-, pero lleva una especie de cadena al cuello.



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