
– Más o menos -añadió Tam, mientras comprobaba un mensaje de texto en el móvil-. Una puñalada frente a un pub de Haymarket -les leyó.
– Vaya noche -comentó Clarke, y añadió dirigiéndose a Rebus-: El doctor dice que al difunto le golpearon con fuerza y tal vez murió a consecuencia de los puntapiés; supone que el dictamen de la autopsia será trauma causado por objeto romo.
– No seré yo quien le contradiga -comentó Rebus.
– Ni yo -añadió Tam pasándose el dedo por el puente de la nariz y volviéndose hacia Rebus-. ¿Sabe quién es ese agente joven? -preguntó señalando con la cabeza al coche patrulla, donde Goodyear ayudaba a subir a Nancy Sievewright, mientras Bill Dyson tamborileaba con los dedos sobre el volante.
– No le conozco -contestó Rebus.
– A lo mejor conoció a su abuelo… -añadió Tam para hacer pensar a Rebus, quien no tardó en caer en la cuenta.
– ¿Harry Goodyear?
Tam asintió y Clarke preguntó quién era Harry Goodyear.
– Es ya historia antigua -contestó Rebus.
Lo que, como de costumbre, la dejó a ella con ganas de saber.
Capítulo 2
Cuando Rebus llevaba a casa a Siobhan Clarke sonó el móvil de ésta.
Dieron media vuelta y se dirigieron al depósito de cadáveres de Edimburgo en Cowgate, donde vieron una furgoneta blanca sin distintivos junto al muelle de descarga. Rebus aparcó junto a ella y entró en el edificio. El turno de noche lo formaban dos hombres: uno de unos cuarenta años y, a juicio de Rebus, con aspecto de ex presidiario, por el cuello de cuyo mono asomaba un tatuaje azul desdibujado hasta media garganta que Rebus tardó un instante en comprender que era algún tipo de serpiente. El otro hombre era mucho más joven, desgarbado y con gafas.
– Me imagino que tú eres el poeta -aventuró Rebus.
– Lord Byron, lo llamamos -dijo el otro con voz áspera.
