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De pronto, como un puñetazo en el vientre, aparecieron los keltoi. Del bosque salieron guerreros altos y bajaron a la playa por la pendiente cubierta de hierba: veinte, cien, doscientos o más. Otros enfilaron hacia los promontorios gemelos que protegían la caleta donde habían anclado las naves.
Los marineros gritaron, abandonaron sus faenas, cogieron las armas y dieron vueltas por la nave. Los soldados que había entre ellos, hoplitas y peltastas, la mayoría de ellos con armadura, se abrieron paso en medio del revuelo para formarse. Yelmos, petos, escudos, espadas y lanzas relucían en la llovizna. Hanno corrió hacia el capitán, Demetrios, le cogió la muñeca y ordenó:
—No inicies las hostilidades. Les encantaría llevarse nuestras cabezas como recuerdo. Trofeos de guerra.
Una sonrisa arisca cruzó de pronto el duro rostro del capitán.
—¿Crees que si nos quedamos quietos nos abrazarán?
—Depende. —Hanno escrutó la penumbra. A su espalda, el sol debía de estar cerca del horizonte. Los árboles formaban una muralla gris detrás de los atacantes. Los gritos de guerra resaltaban sobre el estruendo del oleaje de la pequeña bahía, resonaban de peñasco en peñasco, ahuyentaban las gaviotas—. Alguien nos vio, quizás hace días y envió un mensaje al resto del clan. Han seguido nuestro curso, amparándose en la arboleda, esperaban que acampáramos en uno de los sitios que usan los cartagineses…, veríamos la leña quemada, los desperdicios, las huellas y nos adentraríamos… —Estaba pensando en voz alta.
—¿Por qué no esperaron a que todos estuviéramos dormidos, excepto los centinelas?
—Deben de temer la oscuridad. Esta comarca no les pertenece… Y así… Un momento… Dame esto… Necesitaría una vara pelada o una rama verde, pero tal vez esto sirva. —Hanno se volvió para coger el estandarte, cuyo portador se resistió insultándolo—. ¡Demetrios, dile que me lo dé! El jefe mercenario vaciló un instante antes de ordenar.
