Personalmente lo había sentido porque incluso un día se había dirigido a mí con una voz cariñosa que parecía sincera y me había regalado unas flores. Después habían llegado dos escocesas, unas hermanas menudas de piel oscura y cabellos negros. Tenían un aspecto extraño, como agitanado y exótico. Habían durado poco más. Y, finalmente, había aparecido Molly. La irlandesa. La rubia. La esposa del ladrón. La madre de tres criaturas. Molly. A mi madre le había gustado al principio. Decía que «no era como las otras», que «movía el culo», que se «entendían». Estaba tan satisfecha que incluso dio a Molly algunas ropas viejas, destinadas a convertirse en trapos, para que vistiera a sus hijos. Pero el «entendimiento» duró poco. Hasta el momento en que Molly, agobiada por mi madre, se había rebelado un día y le había dicho que dejara, por favor, de perseguirla por toda la casa. Fue el final. El de Molly, claro, porque durante los días siguientes mi madre se explayó en una cadena lastimera e interminable de quejas originadas en la supuesta ingratitud de la rubia irlandesa.

Visto ahora todo desde la incómoda y mareante sensación que me embargaba, había que llegar a la obligada conclusión de que el principal beneficiado del cambio de objetivo de su cólera había sido precisamente mi padre. Desde luego, no se había referido a él en todo este tiempo. Pero ahora todo volvía a la normalidad… No había más que verlos a todos. Ahí se encontraba mi hermana Judith que parecía haber superado sus últimas desavenencias con su marido. No se puede decir que se la viera feliz. A decir verdad, era como una versión de mi madre, pero con varias décadas menos y, sí, quizá con algún residuo de esperanza. Por lo que se refería a su marido… ¡Dios santo! ¡Qué manera más desagradable tenía de mirar a las mujeres!

Bueno, me dije sin dejar de observar los rostros de mi hermana y de su esposo, nos hallábamos en una situación de una normalidad relativa. A fin de cuentas, el blanco de las invectivas de mi madre, la diana de sus rencores, el objetivo de sus insultos, mi padre, William Shakespeare, acababa de exhalar el último aliento.



3 из 118