II

Cuando desaparecen las curas concluyen las penas, al ver lo peor, que dependía de las esperanzas. Lamentar una desgracia ya acontecida y terminada es la manera más adecuada de ocasionar nuevas desgracias.

Hamlet, I,3


Mi padre, William Shakespeare, el bardo de Stratford, el Cisne, el dramaturgo de la amada reina Isabel, murió el 23 de abril del año de Nuestro Señor de 1616 en su casa de New Place. Dos días después lo enterraron en el presbiterio de la iglesia de la Santísima Trinidad de Stratford. Debió de ver cómo se le acercaba la muerte porque se tomó la molestia de escribir su epitafio. Se reducía a cuatro versos sencillos:


Buen amigo, por amor de Jesús, abstente

de cavar el polvo encerrado aquí.

Bendito sea el hombre que respete estas piedras,

y maldito sea el que mueva mis huesos.


No puedo negar que, cuando lo leí, me pareció tétrico aquel texto. Ni una referencia a la resurrección, a la vida perdurable, a la esperanza de disfrutar del gozo de los salvos, a la misericordia de Dios. Sólo una preocupación porque no profanaran sus restos mortales. Para un bardo, para el bardo -y a pesar de que yo no entiendo mucho de poesía- daba la sensación de ser un resultado muy pobre. No lo dije. Tampoco mi hermana, ni su marido, ni mi madre (ni uno solo aparecía mencionado en aquellas palabras arrancadas a la piedra) pronunciaron una sola palabra, aunque, en el último caso, sus labios de formas irregulares se fruncieron en un gesto a mitad de camino entre el desagrado y el asco. Obviamente no les había gustado.

No nos entretuvimos mucho tiempo observando la lápida, fría y sencilla, bajo la que mi difunto padre esperaría a que el ángel tocara la trompeta final que convocaría a los muertos para que comparecieran ante el inmaculado Trono de Dios.



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