
Mi madre había manifestado su sorpresa al enterarse de que existía semejante documento. A decir verdad, ella había contado -no se había recatado de decirlo- con que todo pasaría a sus manos nada más morir mi padre. Es posible incluso que hubiera pensado en la mejor manera de gastar el dinero que, en su opinión, debía tener mi padre acumulado desde hacía años. Aparte de las tierras en Stratford, de las viviendas, de los negocios de malta y grano, en algún lugar tenía que haber ido escondiendo plata como para armar una escuadra. Sí, eso mismo decía mi madre, para armar una escuadra. Y, de repente, cuando menos lo esperaba, le habían comunicado que existía una última voluntad… a partir de ese momento, su palabra favorita para calificar a mi padre no había dejado de aflorar a sus labios.
Asistimos a la lectura del testamento mi madre, Judith y su marido Thomas, John, el mío; mi tía Joan, tres sujetos enjutos y vestidos de negro, y un personaje de abultado vientre, enfundado en un traje verde y tocado con un sombrero amarillo rematado en una pluma roja. Me llamó la atención aquel sujeto. Sobre sus labios parecía danzar suavemente una sonrisa leve que no le abandonó ni cuando pasó por en medio de los presentes sin ni siquiera rozarlos ni cuando se acomodó al lado del alféizar de la ventana. Apenas nos habíamos ubicado en aquella estancia mal iluminada cuando la lluvia comenzó a estrellarse con inusitado vigor contra las paredes de la casa.
