– ¿Es que no tienes compasión de mis pobres nervios, Mary? ¿Cómo se te ocurre despertarme de ese modo tan violento?

– Por supuesto que tengo compasión de tus pobres nervios, mamá -dijo Mary mecánicamente, vertiendo un poco de leche en la taza de su madre e inclinando la delicada tetera de plata para derramar el líquido ambarino sobre la leche. La chica de la cocinera había tenido una buena idea con el azúcar, quebrándola en terroncitos adecuados; Mary dejó caer uno del tamaño perfecto en el té y lo removió concienzudamente.

Aquel proceso duró quizá un minuto. Con la taza y el platillo en la mano, levantó la mirada para asegurarse de que su madre estaba preparada. Entonces, sin darse cuenta de lo que hacía, se hundió abatida en la silla sin apartar los ojos del rostro de su madre. Aquella cara había cambiado mucho; había adquirido los perfiles y la pátina de una máscara veneciana de porcelana, con un gesto más anodino que inexpresivo. Tenía los ojos muy abiertos, pero miraban algo que se hallaba mucho más allá de los límites de la salita.

– ¡Oh, mamá…! -susurró, sin saber qué más decir-. Todo sucedió sin que lo advirtiera. -Le cerró los ojos con las puntas de los dedos; parecía que aquellos ojos, de algún modo, poseían entonces más sabiduría de la vida de la que habían tenido durante toda su existencia, y luego besó a su madre en la frente-. Dios mío, ¡qué bueno eres! Gracias por tener piedad de mí. Me aterraba pensar cómo se habría portado si lo hubiera intuido…

El cordel de la campana estaba a mano; Mary tiró de él suavemente.

– Martha, por favor, dile a la señora Jenkins que venga.

Armada con todo tipo de excusas -¿quémás podía querer aquella avinagrada y vieja cascarrabias, además de un pepino fuera de temporada?-, la señora Jenkins entró en la sala dispuesta para la batalla, pero la mirada de la señorita Mary consiguió desvanecer su enfado de inmediato.



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