– Dígame, señorita Mary…

– Mi madre ha fallecido, señora Jenkins. Tenga usted la amabilidad de llamar al doctor Callum… El señor Jenkins puede coger el poni y el tílburi. Dígale al joven Jenkins que ensille el caballo ruano, que disponga sus cosas y que esté preparado para ir a Pemberley en cuanto yo haya escrito una nota. Que coja cinco guineas de su bote para el viaje, porque tiene que hacerlo todo aprisa. Buenas posadas, y que alquile buenos caballos cuando el ruano ya no pueda más.

La voz de Mary mantenía su compostura habitual; ni se le había quebrado ni se percibía ningún dolor que traicionara sus sentimientos. «Durante cerca de diecisiete años», pensó la señora Jenkins, «esta pobre mujer ha atendido todos los caprichos y todas las desgracias de su madre, todos sus lamentos y sus quejas… cuando, bueno, no era para dar saltos de alegría, ni para que la felicitaran, ni por gusto. A decir verdad, la pobre conseguía disipar con mucha habilidad la amenaza de un ataque de histeria, convenciendo a la señora Bennet para que estuviera de buen humor con unas maneras tan enérgicas y tan poco sentimentales como las que utilizaría una buena institutriz para educar a un niño rebelde». Pero ahora ya todo había concluido. Todo había acabado.

– Le ruego que me perdone, señorita Mary, pero Jenkins… ¿encontrará al señor Darcy en casa?

– Sí. Según la señora Darcy, ahora no hay sesiones en el Parlamento. Por favor, tráigame el pañuelo de seda rosa de mamá; le cubriré el rostro.

El ama de llaves hizo una leve reverencia de cortesía y salió, víctima de un sinfín de dudas, temores y aprensiones. ¿Qué sería de todos ellos ahora, desde su padre a los jóvenes Jem y Dora?



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