Una vez que colocó el pañuelo apropiadamente, con el fuego bien alimentado frente a la gélida noche que se avecinaba y con las velas encendidas, Mary se acercó a la ventana y se acomodó en su asiento de cojines, dispuesta a pensar en algo más que en aquella visita de la muerte.

No sintió pena ninguna: demasiados años, demasiado aburrimiento. Enlieu de ello, se aferró a un creciente sentimiento de apatía, como si la hubieran llevado a un enorme salón oscuro y sin embargo luminoso, como si estuviera flotando en un océano invisible, sin temor, sin ataduras.

«He esperado treinta y ocho años a que llegara mi turno», pensó, «pero nadie puede decir que no he cumplido con mi deber, que no me he tragado hasta la última gota de la felicidad que me correspondía, que no he dado nunca un paso atrás para ocultarme en la oscuridad y llorar, y que jamás he proferido ni una sola palabra de queja por el destino que me había correspondido.

»Y entonces, ¿por qué estoy tan poco preparada para este momento? ¿Dónde ha huido mi inteligencia, ahora que el tiempo ha caído tan pesadamente sobre mí? Siempre he estado a disposición y a las órdenes de un barco vacío llamado "mamá", pero los barcos vacíos muy difícilmente han servido jamás para proporcionar una observación, un comentario, una idea. Así que me he pasado la vida esperando. Simplemente esperando. Con un ejército de Jenkins dispuesto a cuidarla, mamá no me necesitaba; yo seguía aquí como una orgullosa reliquia del decoro… ¡Cómo detesto esa palabra! ¡Decoro! Un férreo código de conducta inventado para intimidar y sojuzgar a las mujeres. Estaba condenada a ser una solterona, eso pensaba toda la familia, con aquellas espantosas espinillas purulentas por toda la cara y unos incisivos con tendencia a separarse. Por supuesto, a Fitz le parecía que un miembro de la familia tenía que vigilar continuamente a mamá, por si acaso decidía viajar a Pemberley o a Bingley Hall. ¡Si al menos papá no hubiera muerto sólo dos años después de las bodas de Lizzie y Jane…!



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