¡Con qué delicadeza lo manejó todo Fitz! Shelby Manor siguió contando con los servicios de los Jenkins, y la joven solterona, la tía Mary, seguiría entregada a su tarea con tanta devoción como un carpintero que se dedica a ensamblar pedazos de madera. Mamá y yo nos mudamos a diez millas de distancia de Meryton, lo suficientemente lejos de los odiosos Collins, y sin embargo lo suficientemente cerca para que mamá continuara viendo a sus viejas amigas. La tía Phillips, lady Lucas y la señora Long estaban encantadas. Y yo también. Una fabulosa biblioteca, un piano enorme y los Jenkins.

»Así que… ¿de dónde nace este repentino rencor contra mis hermanas? Es completamente anticristiano e inmerecido. El Señor sabe que al menos Lizzie ha tenido sus propios problemas. El suyo no ha sido un matrimonio feliz…».

Temblando, Mary se apartó de la ventana para acurrucarse en una silla, al otro lado de la chimenea, alejada de su compañera de salita, quieta e insoportablemente silenciosa. Entonces se descubrió a sí misma observando con detenimiento el pañuelo de seda rosa, esperando que se hinchara con una repentina respiración. Pero no sucedió. El doctor Callum no tardaría en llegar; llevarían a mamá a su cama de plumas, y la lavarían, la vestirían y la mostrarían tendida durante la larga y gélida vigilia que tendría lugar entre la muerte y el entierro.

Comenzó a sentirse culpable, y recordó que no había ordenado que llamaran al señor reverendo Courtney. ¡Oh, qué engorro! Si el viejo Jenkins no había regresado con el doctor, el joven Jenkins tendría que ir a buscar al reverendo.

«Y hay una cosa que me niego a hacer…», se dijo a sí misma, «avisar al señor Collins. He estadohaciéndolo veinte años».

– Elizabeth -dijo Fitzwilliam Darcy al entrar en el vestidor de su esposa-. Tengo malas noticias, querida.



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