
»Así que… ¿de dónde nace este repentino rencor contra mis hermanas? Es completamente anticristiano e inmerecido. El Señor sabe que al menos Lizzie ha tenido sus propios problemas. El suyo no ha sido un matrimonio feliz…».
Temblando, Mary se apartó de la ventana para acurrucarse en una silla, al otro lado de la chimenea, alejada de su compañera de salita, quieta e insoportablemente silenciosa. Entonces se descubrió a sí misma observando con detenimiento el pañuelo de seda rosa, esperando que se hinchara con una repentina respiración. Pero no sucedió. El doctor Callum no tardaría en llegar; llevarían a mamá a su cama de plumas, y la lavarían, la vestirían y la mostrarían tendida durante la larga y gélida vigilia que tendría lugar entre la muerte y el entierro.
Comenzó a sentirse culpable, y recordó que no había ordenado que llamaran al señor reverendo Courtney. ¡Oh, qué engorro! Si el viejo Jenkins no había regresado con el doctor, el joven Jenkins tendría que ir a buscar al reverendo.
«Y hay una cosa que me niego a hacer…», se dijo a sí misma, «avisar al señor Collins. He estadohaciéndolo veinte años».
– Elizabeth -dijo Fitzwilliam Darcy al entrar en el vestidor de su esposa-. Tengo malas noticias, querida.
