
Elizabeth se encontraba frente al espejo, y se volvió, con las cejas arqueadas sobre sus luminosos ojos. Su habitual brillo se apagó; se levantó con el gesto consternado.
– ¿Es Charlie? -preguntó.
– No, no… Charlie está bien. He recibido una carta de Mary, y dice que tu madre ha fallecido. Estaba durmiendo, muy tranquila…
La silla que había frente al tocador se negó a ayudarla; Elizabeth se encorvó hacia una esquina, y a punto estuvo de caerse cuando tendió la mano para apoyarse y la encontró.
– ¿Mamá? ¡Oh, mamá…!
Fitz la había estado mirando sin acudir en su ayuda; al final se adelantó desde la puerta y cruzó la alfombra para descansar una mano en el hombro desnudo de su esposa, con aquellos largos dedos presionando ligeramente la piel de Elizabeth.
– Querida mía, todo lo que ocurre es para bien…
– ¡Sí, sí, ya lo sé…! ¡Pero sólo tiene sesenta y dos años! Me había hecho a la idea de que moriría muy anciana…
– Ya, mimada como una oca de Estrasburgo. Es una bendición, de todas formas. Piensa en Mary.
– Sí, debo dar gracias a Dios por eso. Fitz, ¿qué hacemos?
– Salir para Hertfordshire a primera hora de la mañana. Enviaré una nota a Jane y a Charles para encontrarnos con ellos en The Crown and Garter a las nueve. Es mejor viajar juntos.
– ¿Y las niñas? -preguntó Elizabeth, sintiendo el dolor a medida que se difuminaba la conmoción. ¿Qué importaban las viejas tribulaciones cuando las nuevas ocupaban todo su corazón?
– Se quedan aquí, desde luego. Le diré a Charles que no permita que Jane lo convenza para llevarse a alguno de los suyos. Shelby Manor es una casa con todas las comodidades, Elizabeth, pero no sirve para acoger a ninguno de nuestros retoños. -Reflejado en el espejo, su rostro parecía endurecido; entonces decidió olvidarse de su sentido del humor, o lo que hubiera sido aquella última frase, y añadió con su tono habitual-: Mary dice que ha mandado llamar a Kitty, pero cree que es mejor que yo me encargue de avisar a Lydia. ¡Vaya… Mary se ha convertido en una mujer verdaderamente juiciosa!
