Inmediatamente supe que era una de esas llamadas que están de parte del inocente: una madre o novia que tenía que decirme lo equivocado que estaba mi artículo. Las recibía siempre, pero no lo haría durante mucho tiempo más. Me resigné a manejarla de la manera más rápida y educada posible.

– ¿Quién es Mizo?

– Zo. Mi Zo. Mi hijo Alonzo. No es culpable de nada y no es adulto.

Sabía que eso era lo que iba a decir. Nunca son culpables. Nadie te llama para decirte que tienes razón o que la policía la tiene y que su marido o su novio es culpable de las acusaciones. Nadie te llama desde la prisión para reconocer que lo hizo: todo el mundo es inocente. Lo único que no entendía de la llamada era el nombre. No había escrito ni una línea sobre alguien que se llamara Alonzo; lo recordaría.

– Señora, ¿no se equivoca de persona? Creo que no he escrito nada sobre Alonzo.

– Y tanto que sí, sale su nombre. Dijo que la metió en el maletero y eso es una mentira asquerosa.

Entonces lo comprendí. La víctima hallada en el maletero de un coche la semana anterior. Era un breve de ciento cincuenta palabras, porque a nadie de la sección le había interesado demasiado. Camello menor de edad estrangula a una de sus clientas y mete el cadáver en el maletero del coche de la propia víctima. Era un crimen de negro contra blanca, pero en la sección siguió sin importar nada porque la víctima era una drogadicta. El periódico la marginaba a ella tanto como a su asesino. Si te vas a South L.A. a comprar heroína o crack y pasa lo que pasa, no conseguirás que la Dama Gris de la calle Spring -como llamamos al periódico entre nosotros- se compadezca; no hay mucho espacio para eso en el periódico. Una columna de quince centímetros en el interior es lo que vales y lo que consigues.

Me di cuenta de que no conocía el nombre de Alonzo, porque para empezar nunca me lo habían dado. El sospechoso tenía dieciséis años y la policía no proporcionaba la identidad de los menores detenidos.



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