
Pasé las pilas de periódicos que tenía a la derecha de mi mesa hasta que encontré la sección metropolitana de hacía dos martes. La abrí por la página cuatro y eché un vistazo al artículo. No era lo bastante grande para ir firmado bajo el título, pero la redacción había puesto mi nombre al pie. De lo contrario, no habría recibido la llamada. Qué suerte la mía.
– Alonzo es su hijo -dije-. Y lo detuvieron hace dos domingos por el asesinato de Denise Babbit, ¿es correcto?
– Le he dicho que es una puta mentira.
– Sí, pero es el artículo del que está hablando, ¿no?
– Sí. ¿Cuándo va a contar la verdad?
– La verdad es que su hijo es inocente.
– Eso es. Se ha equivocado y ahora dicen que lo van a juzgar como a un adulto, aunque solo tiene dieciséis años. ¿Cómo pueden hacerle eso a un crío?
– ¿Cuál es el apellido de Alonzo?
– Winslow.
– Alonzo Winslow. ¿Y usted es la señora Winslow?
– No -dijo con indignación-. No va a poner mi nombre en el periódico junto a un montón de mentiras.
– No, señora. Solo quiero saber con quién estoy hablando.
– Wanda Sessums. No quiero mi nombre en ningún periódico, solo que escriba la verdad. Ha arruinado su reputación al llamarlo asesino.
«Reputación» era una palabra que disparaba las alarmas cuando se trataba de reparar errores cometidos por un periódico, pero casi me reí al examinar el artículo que había escrito.
– Dije que lo detuvieron por el asesinato, señora Sessums. Eso no es mentira; es cierto.
– Lo detuvieron, pero él no lo hizo. El chico no haría daño a una mosca.
– La policía dice que tiene antecedentes desde los doce años por vender droga. ¿Eso también es mentira?
– Anda por las esquinas, sí, pero eso no significa que haya matado a alguien. Se lo van a endilgar y usted les sigue la corriente con los ojos bien cerrados.
