– La policía dijo que confesó que mató a la mujer y metió su cadáver en el maletero.

– Es una mentira de mierda. No hizo eso.

No sabía si se estaba refiriendo al asesinato o a la confesión, pero no importaba: tenía que cortarla. Miré la pantalla y vi que me esperaban seis mensajes de correo electrónico. Todos habían llegado desde que había salido de la oficina de Kramer. Los buitres digitales estaban volando en círculos. Quería terminar con la llamada y pasarle eso y todo lo demás a Angela Cook, cederle a ella el trato con la gente loca y desinformada que llamaba, dejárselo todo.

– Vale, señora Winslow, voy a…

– Es Sessums, ¡se lo he dicho! ¿Ve como se equivoca todo el tiempo?

En eso me había pillado. Me concedí un momento de pausa antes de hablar.

– Lo siento, señora Sessums. He tomado unas notas y lo miraré, y si hay algo de lo que pueda escribir, no le quepa duda de que la llamaré. Entretanto, le deseo suerte y…

– No lo hará.

– ¿No haré qué?

– No me llamará.

– Le he dicho que la llamaré si…

– ¡Ni siquiera me ha preguntado el número! No le importa. Es tan hijoputa como los demás, y mi chico va a ir a la cárcel por algo que no hizo.

Me colgó y me quedé sentado inmóvil un momento, pensando en lo que había dicho de mí; luego volví a arrojar la sección metropolitana a la pila. Miré la libreta que tenía delante de mi teclado. No había tomado notas y esa mujer supuestamente ignorante también me había pillado en eso.

Me recosté en la silla y estudié el contenido de mi cubículo: un escritorio, un ordenador, un teléfono y dos estantes llenos de archivos, libretas y periódicos. Y un diccionario encuadernado en cuero rojo tan viejo y usado que el nombre «Webster» se había borrado del lomo. Mi madre me lo había regalado cuando le había dicho que quería ser escritor.

Era lo único que me quedaría después de veinte años en el periodismo. Lo único con algún significado que iba a llevarme al cabo de dos semanas sería ese diccionario.



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