
– Hola, Jack.
Regresé de mi ensueño para levantar la mirada y ver el encantador rostro de Angela Cook. No la conocía, pero había oído hablar de ella: una recién contratada de una facultad de prestigio. Era lo que llamaban una «periodista móvil», por su destreza para informar desde el terreno valiéndose de cualquier medio electrónico. Podía enviar texto y fotos para la web o el periódico, o vídeo y audio para las emisoras de televisión y de radio. Poseía la preparación necesaria para hacerlo todo, pero en la práctica estaba muy verde. Probablemente iban a pagarle quinientos dólares a la semana menos que a mí y, considerando la presente situación económica del periódico, eso le daba más valor desde el punto de vista empresarial. No importaban los artículos que se perderían porque le faltaban fuentes; daba igual cuántas veces la engañarían y manipularían los jefes de la policía, que reconocían una oportunidad en cuanto la veían.
Probablemente tampoco duraría mucho. Conseguiría unos años de experiencia, firmaría unos cuantos artículos decentes y progresaría a cosas mayores, algo relacionado con el derecho o con la política, quizás un trabajo en la tele. Pero Larry Bernard tenía razón: era una belleza de pelo rubio, ojos verdes y labios gruesos. A los polis les encantaría verla en sus comisarías. No tardarían ni una semana en olvidarse de mí.
– Hola, Angela.
– El señor Kramer me ha dicho que viniera.
Estaban actuando deprisa. Me habían dado la rosa hacía menos de quince minutos y mi sustituta ya estaba llamando a la puerta.
– ¿Sabes qué? -dije-. Es viernes por la tarde, Angela, y acaban de echarme. Así que no empecemos con esto ahora. Mejor lo dejamos para el lunes por la mañana.
– Sí, claro. Y, eh, lo siento.
– Gracias, Angela, pero no pasa nada. Creo que al final será lo mejor para mí. Pero si estás apenada, puedes venir esta noche al Short Stop y me invitas a una copa.
