Angela me sonrió y se avergonzó, porque tanto ella como yo sabíamos que eso no iba a ocurrir. La nueva generación no se mezclaba con la vieja, ni dentro ni fuera de la redacción. Y menos conmigo. Yo era historia y ella no tenía ni tiempo ni interés de relacionarse con las filas de los caídos. Ir al Short Stop esa noche sería como visitar una leprosería.

– Bueno, quizás en otra ocasión -dije con rapidez-. Te veré el lunes, ¿vale?

– El lunes por la mañana. Y yo pagaré el café.

Sonrió, y me di cuenta de que era ella la que debería seguir el consejo de Kramer y probar suerte en televisión.

Se volvió para marcharse.

– Ah, Angela.

– ¿Qué?

– No lo llames señor Kramer. Esto es una redacción, no un bufete de abogados. Y la mayoría de los jefes no merecen que los llames señor. Recuerda eso y te irá bien aquí.

Sonrió otra vez y me dejó solo. Acerqué mi silla al ordenador y abrí un documento nuevo. Tenía que poner en marcha un artículo sobre un asesinato antes de poder salir de la redacción e ir a ahogar mis penas en vino tinto.


Pero otros tres periodistas se presentaron a mi velatorio. Larry Bernard y dos tipos de la sección de Deportes que seguramente habrían ido igualmente al Short Stop tanto si estaba yo allí como si no. Si Angela Cook hubiera aparecido me habría resultado embarazoso.

El Short Stop estaba en Sunset Boulevard, en Echo Park. Eso lo dejaba cerca del Dodger Stadium, de modo que cabía presumir que tomaba su nombre de la posición de jugador de béisbol. También se hallaba cerca de la Academia de Policía de Los Ángeles, lo cual lo había convertido en un bar de polis en sus primeros años. Era uno de esos locales que aparecían en las novelas de Joseph Wambaugh, donde iban los polis a estar con los de su propia clase y con aquellos que no los juzgaban. Pero esos días habían pasado hacía mucho: Echo Park estaba cambiando. Estaba llegando la moda de Hollywood y los nuevos profesionales que se mudaron al barrio fueron echando a los polis del Short Stop. Subieron los precios y los maderos encontraron otros garitos. La parafernalia policial todavía colgaba de las paredes, pero cualquier agente que acudiera allí en la actualidad simplemente estaba desinformado.



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