
Aun así, me gustaba el local porque estaba cerca del centro y me pillaba de camino a mi casa de Hollywood.
Era temprano y pudimos escoger sitio en la barra. Elegimos los cuatro taburetes que quedaban delante de la tele; yo, luego Larry y a su lado Shelton y Romano, los dos tipos de Deportes. No los conocía muy bien, así que me convenía que Larry se sentara entre nosotros. Pasaron la mayor parte del tiempo hablando de un rumor según el cual iban a cambiar los destinos de todos los periodistas de Deportes. Tenían la esperanza de que les tocara un trozo del pastel de los Dodgers o de los Lakers; esos eran los puestos más envidiados del periódico, a los que seguían a escasa distancia ocuparse del equipo de fútbol americano de la USC o del de baloncesto de la UCLA. Los dos eran buenos escritores, como debían serlo los periodistas deportivos. El arte de escribir esa clase de noticias siempre me había asombrado. Nueve de cada diez veces el lector ya conoce el resultado de tu artículo antes de leerlo; sabe quién ganó, probablemente incluso vio el partido. Pero lo lee de todas formas y has de encontrar una forma de escribir con una perspectiva y un punto de vista que le dé frescura.
Me gustaba ocuparme de los sucesos policiales, porque normalmente les contaba a los lectores una historia que desconocían. Escribía sobre las cosas malas que pueden ocurrir, la vida in extremis, el submundo que la gente sentada a sus mesas de desayuno con sus tostadas y sus cafés nunca ha experimentado pero quiere conocer. Me daba energía, me hacía sentir como un príncipe en la ciudad cuando conducía hacia casa de noche.
