Miré mi reloj. Eran casi las siete en Los Ángeles, casi las diez allí.

– Estoy haciendo el seguimiento de un artículo del Post, esperando unas llamadas.

La belleza y la pesadilla de trabajar para un periódico de la Costa Oeste consistía en que la hora de cierre no llegaba hasta al menos tres horas después de que el Washington Post y el New York Times -los mayores competidores nacionales- se hubieran ido a dormir. Eso significaba que el L. A. Times siempre tenía una opción de igualar sus primicias o adelantarse a la noticia. Por la mañana, el L. A. Times podía salir con un gran artículo en la cabecera con la última y mejor información. También convertía la edición digital en lectura obligatoria en los pasillos del Gobierno a cinco mil kilómetros de Los Ángeles.

Y como correspondía a una de las periodistas más nuevas en la oficina de Washington, Keisha Russell estaba en el último turno. Con frecuencia le encomendaban hacer el seguimiento de alguna noticia y buscar los últimos detalles y sucesos.

– Qué horror -dije.

– No es tan malo como lo que he oído que te ha pasado hoy.

Asentí.

– Sí, me han recortado, Keish.

– Lo siento mucho, Jack.

– Sí, lo sé. Todos lo sienten, gracias.

Debería haberme quedado claro que estaba en el punto de mira cuando no me habían enviado a Washington con ella dos años antes, pero eso era otra historia. Se hizo un silencio que traté de interrumpir.

– Voy a rescatar mi novela y a terminarla -dije-. Tengo unos ahorros y supongo que podré pedir un préstamo hipotecario sobre la casa. Creo que puedo pasar al menos un año. Supongo que es ahora o nunca.

– Sí -respondió Keisha con fingido entusiasmo-, puedes hacerlo.

Sabía que un día, cuando todavía vivíamos juntos, ella encontró y leyó el manuscrito, aunque nunca lo había admitido porque habría tenido que darme su opinión. No habría podido mentirme en eso.



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