
– ¿Vas a quedarte en Los Ángeles? -inquirió.
Era una buena pregunta. La novela estaba ambientada en Colorado, donde me había criado, pero me gustaba la energía de Los Ángeles y no quería marcharme.
– Todavía no lo he pensado. No quiero vender mi casa; el mercado sigue por los suelos y prefiero hipotecarla y quedarme. El caso es que todavía tengo que pensar mucho. Ahora mismo estoy celebrando el final.
– ¿Estás en el Red Wind?
– No, en el Short Stop.
– ¿Quién hay ahí?
Me sentí humillado.
– Um, ya sabes, los de siempre. Larry, unos tipos de Metropolitano, unos cuantos de Deportes.
Keisha tardó una fracción de segundo en decir algo y en esa vacilación delató que sabía que yo estaba exagerando o directamente mintiendo.
– ¿Lo vas a llevar bien, Jack?
– Sí, claro. Es que… He de entender qué…
– Jack, lo siento, tengo una llamada.
Su voz sonó apremiante. Si se perdía la llamada, podría no recibir otra.
– ¡Contesta! -dije deprisa-. Te llamaré luego.
Cerré el teléfono, agradecido de que algún político de Washington me hubiera salvado de un mayor sonrojo al discutir mi vida con mi exmujer, cuya carrera iba ascendiendo día a día mientras que la mía se hundía como el sol sobre el paisaje brumoso de Hollywood. Al volver a guardarme el móvil en el bolsillo, me pregunté si no se habría inventado lo de la llamada para terminar ella misma con mi bochorno.
Volví al bar y decidí ir en serio: pedí un coche bomba irlandés. Me lo tragué deprisa y el Jameson me quemó como aceite hirviendo en la garganta. Me puse taciturno viendo el principio del partido de los Dodgers contra los odiados Giants y cómo nos machacaban en la primera entrada.
Romano y Shelton fueron los primeros en marcharse y luego, en la tercera entrada, hasta Larry Bernard había bebido bastante y había reflexionado más que suficiente sobre el sombrío futuro de la industria periodística. Se bajó del taburete y me puso una mano en el hombro.
