– Podría haber sido yo -dijo.

– ¿Qué?

– Podría haberme tocado a mí, podría haberle tocado a cualquiera de la redacción, pero te eligieron a ti porque eres el que se lleva más pasta. Llegaste hace siete años, el señor Bestseller entrevistado en Larry King y tal y cual. Te pagaron de más por contratarte entonces y ahora te han elegido. Me sorprende que hayas durado tanto, si quieres que te diga la verdad.

– Da igual, eso no me hace sentir mejor.

– Lo sé, pero tenía que decírtelo. Ahora he de irme. ¿Vas a casa?

– Voy a tomarme la última.

– No, tío, ya tienes bastante.

– Una más. No pasa nada, si no ya cogeré un taxi.

– Que no te hagan soplar, tío. Es lo último que te falta.

– Sí, ¿qué me van a hacer? ¿Despedirme?

Asintió como si yo hubiera hecho una intervención impresionante, luego me dio una palmadita en la espalda, un poco demasiado fuerte, y se alejó de la barra. Me quedé sentado solo, mirando el partido. En la siguiente copa pasé de la Guinness y el Bailey’s y fui directamente al whisky con hielo. Me tomé dos o tres más en lugar de solo uno. Y pensé que ese no era el final de mi carrera que había previsto. Creía que a esas alturas estaría escribiendo larguísimos reportajes para Esquire y Vanity Fair. Que me vendrían a buscar en lugar de tener que acudir yo a ellos. Que podría elegir lo que quería escribir.

Pedí uno más y el camarero hizo un trato conmigo: solo echaría más whisky en mis cubitos de hielo si le daba las llaves del coche. Me pareció un trato justo, y lo acepté.

Con el whisky quemándome desde debajo del cuero cabelludo pensé en lo que me había contado Larry Bernard sobre el tipo de Baltimore y su corte de mangas definitivo. Creo que asentí para mis adentros un par de veces y levanté el vaso para brindar por el periodista sin futuro que lo había hecho.



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