Y entonces otra idea me quemó el cerebro y dejó su impronta en él. Una variación del «que os den» de Baltimore: una alternativa con cierta integridad y tan indeleble como el nombre grabado en un trofeo de cristal. Con el codo en la barra, alcé de nuevo el vaso. Pero esta vez lo hice por mí.

– La muerte es lo mío.

Palabras pronunciadas antes, pero no como mi propio panegírico. Asentí para mis adentros y supe exactamente lo que iba a hacer. Había escrito al menos mil artículos sobre homicidios a lo largo de mi carrera. Iba a escribir uno más. Un artículo que quedaría como mi epitafio periodístico, que haría que me recordaran después de mi marcha.


El fin de semana pasó en una neblina de alcohol, rabia y humillación mientras me enfrentaba con un nuevo futuro que no era tal. Después de despejarme un poco el sábado por la mañana, empecé a releer el borrador de mi novela. Enseguida me di cuenta de lo que mi exmujer había visto mucho tiempo antes; lo que yo debería haber visto: no había novela y me estaba engañando al pensar lo contrario.

La conclusión era que tendría que empezar de cero si pretendía seguir ese camino, y la idea se me antojó agotadora. Tomé un taxi para ir a recoger mi coche al Short Stop, y terminé quedándome y cerrando el local el domingo por la mañana, después de ver a los Dodgers perder otra vez y de contar, borracho, historias a completos desconocidos sobre lo jodido que estaba el Times y todo el sector periodístico.

No logré despejarme del todo hasta el lunes. Llegué tres cuartos de hora tarde al trabajo, después de recoger por fin el coche en el Short Stop, y todavía olía el alcohol que salía por mis poros.

Angela Cook ya estaba sentada detrás de mi escritorio, en una silla que había cogido de un cubículo vacío, uno de los muchos que había desde el inicio de la política de reconversión y despidos.

– Siento llegar tarde, Angela -dije-. Ha sido un fin de semana largo, empezando por la fiesta del viernes; deberías haber venido.



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