Ella sonrió con recato, como si supiera que no había existido ninguna fiesta, sino solo el velatorio de un hombre solo.

– Te he traído café, pero supongo que ya estará frío -dijo.

– Gracias.

Cogí la taza que ella me había señalado y, en efecto, estaba frío. Sin embargo, lo bueno de la cafetería del Times era que podías volver a llenarte la taza gratis, al menos eso todavía no había cambiado.

– Mira -dije-, deja que eche un vistazo por la sección; si no está pasando nada podemos ir a rellenar las tazas y hablar de cómo vas a hacer esto.

La dejé allí y salí del reino de los cubículos hacia la sección de Metropolitano. Por el camino me paré en la centralita, que se alzaba como el puesto de un socorrista en medio de la redacción, bien elevada para que los operadores pudieran mirar a través de la inmensa sala y ver quién estaba allí y quién podía recibir llamadas. Me quedé a un lado del puesto para que una de las operadoras pudiera verme.

Era Lorene, que estaba de servicio el viernes anterior. Levantó un dedo para pedirme que esperara. Transfirió rápidamente dos llamadas y se bajó un lado del auricular para destaparse la oreja izquierda.

– No tengo nada para ti, Jack -dijo.

– Lo sé. Quería preguntarte por el viernes. Me pasaste una llamada de una tal Wanda Sessums a última hora. ¿Hay algún registro de su número? Olvidé pedírselo.

Lorene volvió a colocarse el casco y atendió otra llamada. Luego, sin destaparse la oreja, me dijo que no tenía el número. No lo había anotado en ese momento y el sistema solo conservaba una lista de las últimas cinco llamadas recibidas. Habían pasado más de dos días desde que Wanda Sessums me había telefoneado y la centralita recibía casi mil llamadas al día.

Lorene me preguntó si había llamado al 411 para conseguir el número; en ocasiones se olvidaba el punto de partida básico. Le di las gracias y me dirigí a la mesa. Ya había llamado a Información desde casa y sabía que no constaba ningún número a nombre de Wanda Sessums.



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