
– Vamos al despacho, Jack -dijo.
Fowler se levantó, salió de la Balsa y se dirigió a la oficina que apenas usaba. Se sentó detrás del escritorio, pero yo me quedé de pie porque iba a ser algo rápido.
– Solo quería decirte que vamos a echarte mucho de menos, Jack.
Asentí para darle las gracias.
– Estoy seguro de que Angela se pondrá al día enseguida.
– Es muy buena y tiene hambre, pero le falta práctica. Al menos por el momento, y ese es el problema, claro. Se supone que el periódico es el guardián de la comunidad y lo estamos entregando a los cachorros. Si pensamos en el buen periodismo que hemos visto en nuestras vidas… la corrupción desenmascarada, el beneficio público… ¿De dónde saldrá eso ahora si hacen trizas todos los periódicos del país? ¿Del Gobierno? Ni hablar. ¿La tele, los blogs? Menos aún. Un amigo mío al que le dieron puerta en Florida dice que la corrupción será la nueva industria floreciente sin el control de los periódicos. -Hizo una pausa para ponderar la tristeza de la situación-. Mira, no me interpretes mal, solo estoy deprimida. Angela es fantástica, hará un buen trabajo y dentro de tres o cuatro años partirá la pana igual que tú ahora. Pero la cuestión es cuáles son las historias que se perderán hasta entonces. Y cuántas de ellas tú no habrías pasado por alto.
Me limité a encogerme de hombros. Eran preguntas que le importaban a ella, pero a mí ya no. Al cabo de doce días estaría en casa.
– Bueno -dijo después de un prolongado silencio-. Lo siento, siempre he disfrutado trabajando contigo.
– En fin, todavía tengo algo de tiempo. Tal vez encuentre algo bueno de verdad para terminar a lo grande.
